La risa que suena en el aire
Señoras y señoras, en este rincón, con pantaloncillos naranjas violentÃsimos, el atardecer.
El luchador que aspira a ser el nuevo rey, va a querer robarse las miradas de los conductores, de los acompañantes, también la de los chicos que van atrás en un auto cualquiera, de los camioneros que tienen cientos de Argentinas recorridas de pe a pa, hasta de los que vuelven de la gran ciudad a su casa en las afueras. Se intentará robar, por supuesto, esos fugaces segundos de desatención que los viajeros pueden llegar a tener.
Y en esta otra esquina, con pantalones negros, con cientos de peleas ganadas, las nubes.
Envueltas en ellas mismas, las nubes desde su rincón empiezan a acercarse al centro del cuadrilátero. Nosotros, los espectadores, seguimos fieles a nuestro rol: expectantes.
Los árboles, que uno supone que son árboles porque los venÃa viendo hasta hace un rato a metros del asfalto, pero tienen más pinta de sombras que de otra cosas, también dejan de moverse para ver el combate. Los perros dejan de ladrar. Los carteles no indican nada.
La campana suena, chocan los guantes y comienza la pelea.
Al principio se miden nomás, sin intentar siquiera largar un puñetazo. Hasta que pasa lo que tiene que pasar: el atardecer mete un puñetazo a lo Mike Tyson y tumba a las nubes. En ese momento, se transforma en un luchador de catch, y le salta encima. Le mete una cantidad de golpes, llaves y tomas importantes. Las nubes, se quejan del dolor. Todos sonreÃmos cuando vemos al atardecer dominar el cielo.
-Mirá eso-puede llegar a decir alguien.
-Es increÃble- otro.
-Parece pintado-otro que se hace más el poeta.
El atardecer hace un monólogo con las nubes. La campana vuelve a sonar. El juez separa. Nosotros gritamos eufóricos. El atardecer, levanta los brazos, señal que lo tiene dominadÃsimo. Señal de que esta pelea no se le escapa. Pero las nubes, desde atrás, le meten un roscazo único. Un cross de derecha en el medio de la nuca. Cortan con esa mezcla de rojos y amarillos. No se bancó el mordiscón en la oreja. El atardecer, que amagaba a ser el campeón de los pesos pesados de los atardeceres del mundo, se apaga. Cae como una bolsa de papas. Todos escuchamos el ruido que hace. El cielo se vuelve negro de golpe. Y si uno afina bien el oÃdo, puede escuchar una pequeña risa que suena en el aire.

